Tengo una queja formal que hacer, parece que sigues habitando en mi, en los rincones donde no es posible quitar las telarañas ni el polvo, sigues siendo la excepción de una regla con la que me canse de medir las palabras, los silencios y las miradas que no son tuyas.
Si, lo admití, para mi fortuna o desgracia, eres el instante de dicha suficiente que se tiene toda la vida, pero creo que también te has convertido en el instante de desdicha que me habría gustado ahorrarme… Pero no es suficiente que las lagrimas indispuestas de tu recuerdo pretendan huir inútilmente para ser un motivo de la fracasada superación del pasado. Y no hay maneras de confiar y te odio, y me odio por la impotencia de la mentira, o la verdad, de no poder creer en el mundo más allá de mis ojos y oídos, que solo se ven obligados a leer entre líneas un párrafo que pierde forma cada vez que me niego a ceder ante su verdad; sin lograr mirar unos ojos y sufrir en ellos por saber que un “todo va a estar bien” será santa palabra y bastará para ordenar la tragedia, la rabia y el arrepentimiento.
Pero no es posible, siguen siendo suficientes los silencios, las palabras frustradas en la punta de la lengua porque no pasan de ahí, de hacerse aire y sonido, y ahogo las ganas y las marchito con las excusas que me invente para asumir la desdicha del conseguir metas que no incluyan el amor… Renuncio, si es posible hacerlo, a que no pase sangre por mis venas, que termine de no importar más nadie que yo misma, pero no sé cómo olvidar lo que pasó, lo que no fue y lo que será… Ella sigue sin llegar, al parecer, porque no te dejo ir… Pero ocupas el espacio vacío que se me olvida en ocasiones que no está y te haces pasado y única historia que contar.
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