Te me fuiste como ingenuamente pensé que no lo harías y no quiero que regreses para seguir en lo de siempre, en alentarte una felicidad que parece que nunca inició y no me quiere de protagonista y ya no sé como decirte que no entiendo lo pasajero de tu sonrisa, de la mentira o la verdad de quien corresponde a tanto amor… Pero quien soy yo para juzgarte las ganas de ser feliz, de que te encuentres precisamente en unos ojos que tienen más dueños de lo que tu preferirías; pero no seré quien te diga que puede o no puede pasar, simplemente renunciaré a encontrarte en mis sueños, a que mi sonrisa dependa de tus palabras o de lo que imagino en tus silencios; ya no voy a esperarte como el fiel enamorado con el peluche y los chocolates en la mano a que él (ella) te deje o tu te dejes ir…
Y las palabras que uso para entenderte no son mías, pero acepto ese amor del sacrificio y la dicha que solo se vive a través del otro, de tu sonrisa cuando la miras, de su falta de ausencia. Y será como quieras, en las palabras no pronunciadas, que yo siga esperando a que no vuelvas o que regreses para curarte las heridas y llenarte de recuerdos sin sombras ni fantasmas, que recorras la ciudad por caminos nuevos, que nos inventemos un planeta o un país, y estoy dispuesta a negociar contigo las sonrisas, tu silencio y tu dicha solo para que no te vayas más, y queden así los espacios que nos inventamos para iniciar la vida, para jugar a que nos escapamos de lo que no entiende que las cosas sean así, incluso de la felicidad que sienten de que nos hayamos encontrado.
“¿Entristecer con mi presencia su felicidad, ser un reproche, marchitar las flores que se puso en los cabellos para ir al altar? ¡Jamás, jamás! ¡Que su cielo sea sereno, que su sonrisa sea clara! Yo te bendigo por el instante de alegría que diste al transeúnte melancólico, extraño, solitario…”
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